sábado, 17 de agosto de 2013

¿Y después de las listas… qué?



POR: Andrés Maruricio Muñoz

Hace seis años se había suscitado una gran expectativa en Colombia en torno a la divulgación de la lista Bogotá 39, la cual era una selección de autores que, a juicio de los evaluadores, estaba conformada por los 39 escritores menores de 39 años más representativos de Latinoamérica. Esta iniciativa, que surgió de las entrañas mismas del Hay Festival, fue acogida de inmediato por la organización Bogotá Capital Mundial del libro 2007 como una forma de visibilizar a los autores que tenían el talento y potencial para definir las tendencias que marcarían el futuro de la literatura latinoamericana. De tal suerte que, por algunas semanas, se suscitó una especie de fervor en torno a este proceso al mejor estilo de una multitud que, congregada en torno a la plaza de San Pedro, espera la resolución de un cónclave. Unos meses más tarde se conoció la lista. En ella descollaban nombres de alto vuelo en la literatura, como Junot Díaz, Jorge Volpi y Juan Gabriel Vásquez; autores que, tal vez, poco o nada requerían de ese espaldarazo que los visibilizara. Sin embargo, la premisa era clara en cuanto a que, al margen de su nivel de reconocimiento, eran autores capaces de definir una tendencia o señalar el camino. Pero, también, supimos de autores que, si bien tenían una obra interesante y algo de notoriedad en sus propias geografías, muy poco se habían escuchado más allá de sus fronteras; me refiero a nombres tales como el chileno Álvaro Bisama, el brasilero João Paulo Cuenca o el boliviano Rodrigo Hasbún, entre otros. Por Colombia los escogidos fueron Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Silva Romero, John Jairo Junieles, Antonio Ungar, Antonio García y Pilar Quintana.


       En ese momento a mí, personalmente, me llenó de alborozo la inclusión de alguien como JJ Junieles en la lista; la razón de esto es que, no sólo lo conocía, sino que su elección venía a materializar una suerte de culto con la cual se le reconocía su trabajo. En ese momento Junieles era un escritor bastante joven, ganador de varios premios nacionales de literatura tanto en poesía como en narrativa, cuya obra era conocida a raíz de la publicación de algunos títulos en editoriales independientes que subsistían en el medio gracias al fervor y ahínco de editores comprometidos con el oficio. De tal manera que su nombre cada vez sonaba con más fuerza en el medio literario. Un par de semanas más tarde, en uno de los eventos en que presentaban a los autores provenientes de más de diecisiete países frente a los grandes medios, pude verlo después de varios meses en los cuales no habíamos tenido contacto; sin embargo, cuando intenté abordarlo, me llené de temor y opté por confundirme entre el público sin siquiera saludarlo. Esa noche me sentí como un tonto, aunque reflexioné al respecto. Tal vez Junieles, pensé,  ya no era el mismo autor con quien había compartido sendas tertulias literarias aferrados a una cerveza, como si de esa sujeción dependiera la vida; quiero decir que, al fin y al cabo, ahora era un autor ungido por la crítica y los medios, lo cual lo ponía en otro nivel.
       El ruido de la lista duró poco más de un año, tiempo en el que los autores se vieron expuestos a diferentes eventos, concedieron entrevistas, hicieron y deshicieron sus valijas muchas veces para permanecer confinados primero en un avión, después en la lacónica habitación de un hotel y al final verse rodeados de fervorosos lectores y sesudos panelistas, quienes lanzaban ingeniosas preguntas en espera de que éstos espolearan toda su capacidad para el sarcasmo, el aforismo o la ironía. Dice el escritor argentino Martín Caparrós cuando habla de este fenómeno que, con el tiempo, se fue armando un mercado y ese mercado produjo, de algún modo, un espacio latinoamericano que antes no existía, donde los escritores menores de 50 se conocen, se encuentran, se sienten parte de algo, de lo mismo. Sin duda alguna todos conocemos este fenómeno y, de alguna manera, lo aplaudimos; hace varios años, lo recuerdo bien, escribí un artículo en el que me quejaba de la falta de integración entre los autores latinoamericanos; criticaba, también, la incapacidad o desinterés de los grandes sellos por darnos a conocer lo que se escribía en otras geografías. Hoy, es evidente, el panorama es algo más alentador. Sin embargo hay quienes advierten, como Caparrós, sobre la fragilidad con que se sostiene este andamiaje. Es por eso que afirma:


       Con los años había aprendido, sobre todo, a preparar un bolso para cinco días. Necesitaba dos pares de pantalones, un saco por si la mesa redonda era más seria que lo acostumbrado, la guayabera aquella que le había regalado la venezolana, la malla para la pileta, una camisa blanca para la fiesta más prometedora, media docena de libros propios para regalar a quien tocara, dos ajenos para poder comentarlos en las cenas, las pastillitas ésas. Había aprendido a hablar con las personas indicadas. Había aprendido los nombres de seis peruanos, dos ecuatorianas, una docena de chilenos, doscientos ocho mexicanos y un guatemalteco. Había aprendido, sobre todo, a desplegar todo su encanto en esas mesas: a colocar la dosis justa de sarcasmo, citas, sonrisas displicentes, tedio disimulado y elogios zalameros que hacían las delicias de cada concurrencia. Era un león –una leona– de las mesas: un perfecto producto para eventos.[1]

       Lo que le molesta a Caparrós se traduce en que, como él mismo lo dice, algunas ferias se han convertido en una suerte de eventos donde todo gira en torno al libro y sus autores; sin embargo, no se leen libros.  Es como ir a un festival de cine, afirma, no a ver las películas sino sólo las conferencias de prensa.
       Volviendo al tema de Bogotá 39 debo decir que, poco a poco, la marea bajó; fue entonces cuando cada uno, a su ritmo, se vio de nuevo enfrentado al desafío que supone ser un escritor: la soledad del oficio. Soledad no sólo en cuanto al acto de creación en sí mismo, que va aparejado de rigor y esmero por encontrar la textura precisa sobre la que reposará el relato o dotar de seducción al lenguaje, sino aquella que consiste en la búsqueda constante de un editor o agente literario que apueste por su obra, lo cual suele ser mucho más traumático en algunos casos. Incluso aunque fueran parte de la lista.
        Algunos años después experimentos similares hallaron tierra fértil; supimos así de nuevos autores gracias a la lista Granta, que daba a conocer los novelistas jóvenes más prometedores en lengua castellana. La feria del libro de Guadalajara, por su parte, nos reveló lo que a su juicio son los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana. Hay quienes, como suele ocurrir en este tipo de situaciones, desvirtuaron la selección; ocurre que, cuando se trata de un ecosistema tan complejo en el que intervienen editores, agentes, periodistas culturales y una intrincada maraña de intereses, resulta complicado comprender qué tan riguroso fue el proceso en términos estrictamente literarios. Pero la inclusión en la lista de Granta de autores como Patricio Pron, Samantha Schweblin, Andrés Felipe Solano, Elvira Navarro o Carlos Yushimito justifica todo el andamiaje alrededor de la lista. Estos son, a todas luces, escritores capaces de construir con los años una obra bastante interesante. El escritor colombiano Juan Fernando Hincapié piensa que aún es apresurado emitir algún juicio responsable sobre la obra de estos autores; por ahora, le parece, son autores legibles y correctos, aunque sólo el tiempo se encargará de dar un veredicto mucho más aterrizado. Después afirma con algo de entusiasmo que, en el caso de Alberto Olmos, también presente en la lista Granta, pudo advertir en su estupenda novela Trenes hacia Tokio, el brillo de la gran literatura.


       Granta demostró ser muy acertada cuando inició este experimento con su selección británica, pues con el tiempo descollaron autores de la talla de Ian McEwan, Martín Amis, Julian Barnes y Graham Swift; después, en dos ocasiones, hizo lo propio con autores norteamericanos, de cuya primera edición surgieron algunos de los que hoy son considerados grandes exponentes de la literatura en lengua inglesa, entre los que suele destacar Jonathan Franzen. De tal manera que para muchos la gran expectativa es que, con la selección en castellano, se dé un fenómeno cuando menos similar; sin embargo, un rápido repaso a la oferta editorial muestra que sobre estos autores, por el momento, aún no hay tanta vehemencia en cuanto a la difusión de sus obras. Sí se ha creado, no obstante, una suerte de logia o cofradía que los visibiliza y les depara acuciosos lectores, más allá del ruido que suele producir su constante exposición a los medios. El desafío radica entonces en la posibilidad de  consolidar en torno a ellos una apuesta real en términos editoriales y de difusión transnacional; es decir, ir más allá de la inversión que supone montarlos en un avión, pagarles un hotel de lujo e incluirles viáticos por unos cuantos días para que sean el deleite de algunos cuantos entusiastas para quienes es más importante la exposición del autor, al margen de su obra.
       Pero también es válido entender las listas como un elemento cosmético de socialización literaria que poco efecto pueda tener en términos literarios, como bien lo manifiesta Patricio Pron; a él le interesa, en cambio, la proximidad y la complicidad que generan entre los autores que participamos en ellas, que a menudo resultan en amistades de largo aliento. Pron no es un autor que piense en términos de fronteras y de público; así mismo, no cree que la inclusión en una lista haya afianzado su propio proceso creativo o lo haya arrojado con mayor confianza a la conquista del medio editorial. De cualquier manera, es pertinente entender que la trayectoria de este autor estaba bien delineada desde antes de la aparición de la lista Granta; tal vez por ello pueda entenderse que en él esté claro el equívoco que se suele suscitar en muchos en cuanto a que este tipo de reconocimientos supone una avalancha de contratos de edición, traducción y demás. Buena parte de los contratos de traducción de mis libros a otras lenguas ya habían sido firmados antes de que se publicase la lista "Granta", así que no puedo decir mucho al respecto. De todos modos, me parece que es un error pensar que este tipo de listas tiene algún impacto en ese aspecto del negocio editorial, ya que existe un entramado de agentes y subagentes, editores y "scouts", publicaciones periódicas y catálogos que hacen que un editor profesional no necesite ninguna lista de este tipo para saber qué se está produciendo en América Latina o en cualquier otro sitio. En mi opinión, las listas sólo sirven a los fines de la sociabilidad literaria, como una especie de juego de omisiones y de presencias que los lectores pueden jugar si es que les gustan ese tipo de juegos, pero no tienen ningún valor prescriptivo. Y, por consiguiente, ningún valor económico real.
       En cuanto a los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, auspiciado por la Feria del Libro de Guadalajara,  podríamos decir que el escenario no es tan alentador; no por la selección en sí misma, pues al fin y al cabo tuvimos la posibilidad de conocer autores que han venido recorriendo un camino y explorando unas formas alrededor de procesos bastante rigurosos, sino porque el ímpetu y difusión de esta iniciativa prácticamente concluyó el mismo día del cierre de la feria. Una lástima, toda vez que ahí aparecen nombres bastante interesantes que ameritarían un poco más de atención por parte del medio. De aquella lista sólo podría arriesgarme a mencionar los que fueron seleccionados por Colombia (Andrés Burgos, Luis Miguel Rivas y Juan Álvarez), pues la vecindad geográfica que nos une me permite dar fe de la labor constante que desempeñan en torno a la escritura. El eco de esta lista, como decía, se desvaneció muy rápido; ahí quedan los nombres, de tal manera que la tarea de buscar sus obras  y leerlos está de nuestro lado. Tal vez la proliferación de este tipo de experimentos impidió que el de Guadalajara encontrara tierra fértil en un mercado que aún no terminaba de asimilar los nombres y las obras de las selecciones anteriores.
        

De cualquier manera es pertinente ser explícito en cuanto al carácter arbitrario y subjetivo de las listas; es decir, no hacer parte de ellas en ningún momento supone no ser un autor con potencial para erigir una obra de verdadera valía literaria. Basta con mencionar que jóvenes autores tales como Yuri Herrera (México), Juan Sebastián Cárdenas (Colombia), Jon Bilbao (España), Valeria Luiselli (México), Paul Brito (Colombia), Marcelo Lillo (Chile), Claudia Apablaza (Chile), Ignacio Ferrando (España),  Tryno Maldonado (México), Juan Gómez Bárcena (España)  o  Juan Esteban Constaín (Colombia), no han hecho parte de ninguna lista y aún así gozan de prestigio en el medio literario. Son escritores talentosos y comprometidos con su oficio. Juan Sebastián Cárdenas, por citar alguno, procura no distraerse con elementos externos a su propio proceso creativo; le preocupa, eso sí, sus propios conflictos. Con el género del cuento, por ejemplo, dice andar de pelea debido al acercamiento conflictivo que suelo tener con la escritura y los problemas estéticos en general. El cuento en lengua española se ha convertido en un territorio de autocomplacencia técnica, formal y política. Un espacio donde reina la mediocridad (con contadísimas excepciones, claro). Es el último refugio del artista pequeñoburgués latinoamericano, ese que todavía cree en "el cuento perfecto" y musarañas de ese tipo, que son como para que les pongan la buena nota en el colegio. Para mí el cuento está en franca decadencia como género en nuestra lengua. Y necesita una bofetada. Un revolcón. Para mí ya no se trata solo de hacerlo "bien", de escribir "bien", de sobresalir y obtener un aplauso, una palmadita. Para mí se trata de someter el lenguaje a una presión en la que éste empiece a hablar un idioma extraño y a revelar las marcas de su construcción social.
       Podría uno pensar que aquella autocomplacencia técnica, formal y política a la que se refiere Cárdenas sea un fenómeno que ha encontrado un terreno fertilizado por la aproximación de la academia alrededor de la creación narrativa; me refiero a todas esas fábricas de creadores que existen hoy en día. Aulas de clase donde pretenden dotar de fórmulas a los autores para que salgan a conquistar el mercado editorial. No se trata de cuestionar su pertinencia. Se trata de garantizar su engranaje en el oficio de escribir en sí mismo, más allá de la oferta editorial. A veces parece imponerse la tendencia a escribir para crear un producto que posibilite una buena recepción desde la perspectiva comercial, o con un marcado énfasis audiovisual que garantice su transformación a un guión en la industria cinematográfica.
       Lo importante y más alentador es saber que, dentro o fuera de las prestigiosas listas, hay una generación de autores que viene empujando con bastante fuerza. Una generación comprometida, que cuestiona los códigos con los que se define el oficio, que busca su propia voz; una generación asistida por la convicción de que escribir, entendido con todo su rigor artístico, es lo que quiere hacer en la vida. Dicho esto, sólo restan tres cosas. En primer lugar, levantar la mano para advertir a ese intrincado medio literario que las listas de autor no pueden convertirse en un mecanismo de exclusión. Esperar que los autores, sobre los que el medio pone su foco de luz, no sucumban a la tentación de verse reducidos a la figura de vedettes. Por último, para aquellos que aún ejercen su quehacer literario desde la penumbra, tal vez sea válido arroparse con el regocijo que embargó a un amigo. Al no ser incluido en la lista de los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, después de haber sido considerado hasta último momento en la deliberación final,  sentenció de forma genuina y emotiva que lo complacía saberse mejor secreto que todos.



[1] Extraído del texto “Vida de Pluma”, publicado por Martín Caparrós en el blog del diario El País. Diciembre de 2012.

1 comentario:

  1. Un texto en verdad muy rico, que también hace lista (inevitable, como inevitable es pensar la realidad como poesía), invita a conocer y, por supuesto, recuerda que el placer de la escritura (doloroso; por cierto)no se inscribe en la fama sino en la lucha diaria por encontrar el texto adecuado para el autor (no para el comercio).
    Óscar Alfonso. Escritor también secreto.

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